domingo, 17 de abril de 2016

Ana María Hurtado - Yo vivía en un país intransitable: A propósito de la riqueza como castigo en Ramos Sucre.


Tal vez sea José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) el poeta venezolano de más difícil acceso. Extensamente investigado, ha sido definido como hermético, oscuro, desarraigado, maldito, incomprensible, alucinado, evasivo, fabulador, extraviado, decadente, entre otros  epítetos. A este “doliente poeta del esmalte”, como lo llamara Ida Gramcko, han tratado de ubicarlo en la corriente modernista por su afición a los mundos irreales, a la antigüedad  y a la mitología; por su utilización reiterada del símbolo para intentar descifrar el misterio del mundo, se lo ha definido como heredero de simbolistas y parnasianos; se lo ha pensado como un extraño y anacrónico romántico, pero también se ha visto en él a un vanguardista, el poeta que introduce a Venezuela en la modernidad, que libera a la poesía de la rima y la catapulta a la prosa, sin embargo, a la vez es un latinista, un preciosista de la lengua, un políglota de vasta cultura, un nostálgico, un profeta o un alquimista, un Prometeo encadenado  o un héroe disimulado  que se inmola. En suma es un poeta único e inclasificable.

Pese a ser estudiado y admirado, sobre todo a partir de los jóvenes poetas de la generación del  58, no obstante,  su obra es profundamente incomprendida y su figura se erige dentro de nuestras letras como un caso único, sin seguidores y sin claros ni precisos antecedentes, cuando a la vez, parece tener tantos y tan variados. 

Al acercarnos a su poesía, tan íntimamente conectada con su vida, hallamos que abundan los críticos de su obra que insisten en ver  a  Ramos Sucre (RS) como  un personaje aislado de su época, que guardó silencio ante las circunstancias atroces en las cuales vivía la Venezuela de su tiempo, y que huyó hacia los países brumosos, hacia otros tiempos, y otros personajes , del pasado o de su imaginación, para no encarar ni tomar partido por sus contemporáneos que sufrían el yugo del dictador;  esta opinión la tienen importantes autores como Paz Castillo o Juan Liscano. Sin embargo, otros consideran que  la aparente indiferencia de RS hacia su entorno social y político es sólo aparente, por ejemplo, Ángel Rama nos habla más bien de otra forma de simbolizar y ver el hecho histórico y Guillermo Sucre manifiesta, por su parte, que las metáforas de RS no son evasiones de la realidad sino instrumentos para alcanzar otra forma de saber; y es con estas visiones que quiero exponer esta breve reseña de tres textos de RS, que a mi modo de ver dan cuenta de esta singular manera de adentrarse en la historia, y además, dada nuestra circunstancia actual , me hace pensar que una veta profética  lo hizo entrever no sólo la Venezuela de su época, sino el porvenir que nos esperaba dada nuestras contradicciones nacionales. 

En RS existe un trasfondo filosófico que transpira más allá de su poderosa pulsión poética, pero que sin embargo, puede ser visto claramente si leemos a cabalidad al poeta. Sus textos nos aportan sugestivas consideraciones sobre el fenómeno del mal, el castigo de la divinidad y la expiación y el sacrificio como forma de purificar la cruda existencia de aquél. En estos tres textos (El Disidente, La Venganza del Dios y El Tesoro de la Fuente Cegada) la presencia metafísica del mal, el castigo de dios y la expiación de las culpas, son referidos a situaciones que pueden ser perfectamente traducidas dentro del contexto social del país que le tocó vivir y que por magnífica ironía (parafraseando a Borges) nos toca de vuelta. Y conste que tomo tres textos, sin embargo, los mencionados temas aparecen con frecuencia en la obra completa del autor.

En La Venganza del Dios (del libro La Torre de Timón)  RS, comienza diciendo:“El desafuero de los habitantes afeaba la fama de aquella tierra amena  (…) El Dios velaba el crimen de los hombres en el inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud y concordia. (…)” Ese mensajero es asesinado por los perversos habitantes y “El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y pobres. Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos expiatorios.”

Curiosa manera de castigo la que imagina RS brotando de la mente divina: la pródiga donación de riquezas se constituye en la peor de las condenas… imposible no pensar en  nuestro atribulado y rico país: Venezuela,  esta tierra amena, plena de riquezas, y en consecuencia plena de divisiones y odios que se convierten en expiación ante la culpa antigua y quizás inconsciente de haber fraguado un crimen colectivo.  ¿Es nuestra riqueza petrolera ese castigo –venganza del dios, que ya intuye  Ramos Sucre desde su “Torre de Timón”? “Yo vivía en un país intransitable, desolado por la venganza divina” exclama el poeta cumanés en el “Tesoro de la Fuente Cegada” (también del libro La Torre de Timón). “Nación desalmada y cruda”, y de este  país “maléfico” logra escapar esperando, no obstante, el despertamiento luego del ciclo expiatorio.

En el poema El Disidente, (del libro Cielo de Esmalte) la propuesta es aún más interesante y profunda y  expresa de manera inequívoca, a pesar de recurrir a símbolos y referencias bíblicas, su “disidencia” de los métodos represivos del gomecismo. “No me avine jamás con el arte lúgubre de aquellos hechizados y pude esperar a mansalva el fin de las hogueras de la represión (…)”.  A propósito de relatar las persecuciones medievales contra posesos, el poeta introduce tácitamente el paralelismo entre aquellas persecuciones  y las actuales. Continúa: “En medio de la amenaza constante quise expiar mis culpas ignoradas y despistar los satélites de un poder asombradizo. Recordé la ceremonia de los israelitas con el cabrío emisario y la usé con un ave nocturna.” De nuevo asoma aquí el tema de las culpas y la expiación, y con una acertada utilización del idioma, no por azar acude al vocablo satélite,  derivado del latín satelles, que tiene entre otras acepciones la de “guardián de un príncipe”, y cuyo análogo francés, satellite, que significa “Todo hombre armado que está al servicio y a las órdenes de alguien, para ejecutar sus actos de violencia.”  Tampoco por azar habla de cabrío emisario, como tan acuciosamente lo estudia Víctor Azuaje en su texto: “Bajo la sombra de Azazel: Sacrificio, alegoría y conflicto social en Ramos Sucre”,  introduciéndose de lleno en el simbolismo del chivo expiatorio, quien carga con todos los pecados y es  expulsado de la comunidad para así sostener la violencia grupal y salvaguardar la dinámica del poder. Despliega a través de la referencia medieval y bíblica las connotaciones rituales y sacrificiales de la persecución, la tortura, el encierro y el exilio, como arquetípicos mecanismos de preservar el poder  omnímodo, lidiar contra las diferencias y controlar la violencia, en suma, el carácter ritual y expiatorio de la persecución, lo que María Zambrano denomina  “la estructura sacrificial de la historia humana” (citada por V. Azuaje) Incluso, puede hallarse en RS toda una metafísica del mal y la violencia. Como señala Eugenio Montejo, nada es azar en RS, todo está cuidadosamente cincelado, desde la íntima intención hasta la escogencia del vocablo.

Conjuntamente con esta propuesta leída desde la perspectiva del conflicto social, podríamos leerla también desde la perspectiva individual. ¿No es acaso el mismo RS una víctima propiciatoria?  ¿No se consideraría  a sí mismo como un ser abundantemente dotado de riquezas intelectuales, de sensibilidad y cultura y sin embargo,  internamente  dividido,  dolorosamente asediado de luchas internas y lleno de “culpas ignoradas”? Imbuido de esa especie de dolorosa lucidez  que apuntaba Ludovico Silva, y que yo agregaría es la misma que lo hace sufrir de persistente insomnio, pues no puede permitirse el abandono de la lucidez propiciada por el dormir y el sueño. Ramos Sucre se  toma demasiado en serio la frase de Paul Valéry: “Quien quiera escribir su sueño ha de estar completamente despierto.”¿Es entonces Ramos Sucre un poeta aislado del acontecer social?, “sin compromiso con Dios, con su tiempo ni con su prójimo”, como afirmara Juan Liscano, o tal como consideraba Fernando Paz Castillo, alguien para quien el mundo externo no existía, o puede hacerse de su poesía otra lectura, hurgando en sus callejones simbólicos, en sus extravagantes personajes, en sus oscuras fábulas hasta lograr vislumbrar otra forma de aproximarse a la historia, utilizando el mito y las ficciones para proporcionar una interpretación original del acontecimiento social y, todavía más, proyectar su visión del país que llegando hasta nosotros, dándole consistente vigencia  al otorgarle un nuevo sentido a la realidad, profundizando poéticamente en los fuegos de la historia que hoy escribimos. Podríamos decir con propiedad que actualmente nuestra “aldea es el campamento de una banda feroz” y que todavía “la yerba crece en el campo de batalla, alimentada con la sangre de los héroes”.

El gran Ramos Sucre, el de la prodigiosa inteligencia y sufriente sensibilidad, ese que duerme para siempre bajo el efecto de una sobredosis de Veronal (cuyo nombre hace referencia a la ciudad de Verona, rica en amores y castigada con la desunión y la muerte)  puede hacernos despertar del letargo de la historia vivida como destino e impulsarnos a estar despiertos y lúcidos para poder escribir historias nuevas sin sangre de héroes, ni castigos ni expiaciones eternas.

Anamaría Hurtado
Abril 2016

viernes, 11 de diciembre de 2015

La fiesta de los náufragos de Ana María Hurtado


   “lo único que en definitiva nos cobija es la intemperie”
                                                                          Rainer Maria Rilke



Este libro no puede ser leído y luego descrita la vivencia de su lectura, como una crónica anímica personal y subjetiva del lector. Su densidad lo hace abierto e inmensurable como la intemperie, aunque en principio parezca impenetrable, escarpado, duro, condensado. En un primer momento me ha sido imposible sumergirme en él, abrir sus puertas y hundirme con todos los sentidos, pues en este caso la experiencia, como dije, es abierta: salirse, desprenderse hacia el afuera, abandonar la calidez y la oscuridad que nos abriga. Por eso, inicialmente recojo este libro en la distancia, con los ojos. Desde la otra orilla, me van llegando los poemas por partes, a veces sueltos o en grupos que se forman con los manuscritos húmedos, fragmentados. Algunos signos parecen huellas leves de pájaros sobrenaturales difíciles de seguir, otros irrumpen como piedras de filos ascendentes en medio de una blancura inclementemente luminosa. A veces al leerlos en la oscuridad (aunque me hablan en pasado) me parece oír una voz en presente que surge desde la otra costa de la noche, un quejido, o más bien un llanto casi imperceptible, una plegaria a media voz. Y aunque la gran metáfora que lo expresa es un naufragio, tal y como lo insinúa su título, en realidad es mucho más que una crónica náufraga, o un libro o diario de náufragos.

Y digo esto porque los mensajes o poemas que contienen el lamento de quien habita una desolación indescriptible, evidentemente y por ello no tienen un destino preciso, no están escritos para el otro, no están escritos para nadie. Son trenos, absolutamente aislados, que se agolpan en la garganta de la que gime. Un sorbo de sal amarga que trata de ser expulsado en arcadas al no poder ser digerido, y que al mismo tiempo cuesta arrojar a la superficie de una orilla arenosa. Un canto recién nacido que anhela el corazón oscuro del mar, sin desear extenderse; que surge desde lo más negro y hondo, pero que se encarna a través de un cuerpo cuya boca con esfuerzo sobrehumano (digo sobrehumano porque sus palabras no parecen proceder de una voz de este mundo) lo expone en carne y hueso como una ofrenda olvidada a esa intemperie, a la luz…al blanqueo de la luz.

Tal vez la verdadera sensación que lo hace en principio impenetrable, es la sensación de que estamos ante un misterio tremendo, algo que te paraliza el alma y te produce una emoción primaria y al mismo tiempo antigua… más antigua que el miedo o la desolación. Pero a pesar del miedo, cuando aparecen flotando, como restos de naufragio todos los fragmentos que se han ido amontonando en los umbrales, uno puede ver que son un cuerpo único y extenso abierto a la inmensidad de la intemperie y que se mimetizan con ella, algo hay que te va instalando en esa alma paralizada, la conmovedora necesidad de enfrentar el naufragio sugerido de este viaje – más bien diría transmutación anímica- desde lo negro hasta lo blanco, sin saber a ciencia cierta, o más bien partiendo desde el corazón de la incerteza, si el naufragio y el viaje son lo mismo, o si el susurro desgarrado del mar de donde emerge y al mismo tiempo naufraga, nos está narrando el inicio del viaje o su final, o parafraseando al poeta Rilke, un canto que como el llanto inicial del recién nacido, se afinca y se aferra en el punto de inflexión inenarrable del nacimiento, ese punto de partida o de llegada a la intemperie a la que somos arrojados al nacer, pues todo nacimiento es un naufragio.

Desde el epígrafe inicial de Pizarnik, esa gran poeta de lo excluido, hasta la ceguera (o muerte en los ojos cerrados) de la luz del afuera que deviene en aquella que ejecuta su lamento en este libro, es imposible no preguntarse a sí mismo, qué misterio encierra ese mar de los naufragios. ¿Será la metáfora de ese mar extenso e insondable de nuestra propia psique y su relación con las tormentas de lo inconsciente y el surgir de una isla de luz, esa luz de la conciencia que blanquea los cuerpos de aquellos que sobreviven la tormenta y cuyas bocas escupen peces del fondo? De ser así, ¿qué barco es ese que parte del propio corazón de la que ejecuta el canto? ¿Quién se queda en el puerto de partida? ¿Quién navega sin destino claro en medio de las tormentas? ¿Quién naufraga? ¿En cuáles ojos se cuela la luz que encandila inclemente hasta blanquear las cuencas vacías de su cráneo abandonado a la intemperie? Pero sobre todo quién es la que espera, quiénes son los náufragos?... esos seres que parten o arriban a la costa con su algarabía y su fiesta sonora, llena de fuegos artificiales y de olvido, que lejos de confrontarse a sí mismos en su desnudez y su despojo, viven en la periferia delirante, lejos del origen. ¿Quién es ese ser que los mira desde su gruta, la que escucha desde su silencio abisal, el ruido inaudito de la fiesta de los náufragos?

Afrodita nace de la espuma del mar, el vincularse se constituye en esa espuma, en ese umbral que la integra a la luz por la gracia del amor. En este libro se nos narra el reverso de ese nacimiento. Cómo de esa misma espuma y por la des-gracia del des-amor, surge de las fauces sinuosas del mar, aquella que traga la sal de su bautizo, la que recibe el fulgor de las estrellas que navegan obscenas en su lomo perlado, la que llora cuando en lugar de arribar por la gracia del amor a la orilla de los encuentros, llega a ellas expulsada, como castigo, como pena infinita e irreductible…la que ansía regresar a la hondura original y primaria, sepultarse de nuevo en la silente arena que yace bajo todo deseo, abajo, bien abajo en el fondo, hasta llegar al refugio sin color de la entraña.

Gioconda Belli, en un poema de La costilla de Eva llamado “La mujer irredenta” nos dice así: Hay quienes piensan que he celebrado en exceso los misterios del cuerpo la piel y su aroma de fruta. ¡Calla, mujer! –me ordenan– No nos aburras más con tu lujuria. Vete a la habitación. Desnúdate. Haz lo que quieras. Pero calla. No lo pregones a los cuatro vientos. Una mujer es frágil, leve, maternal; en sus ojos los velos del pudor la erigen en eterna vestal de todas las virtudes. Una mujer que goza es un mar agitado donde sólo es posible el naufragio.

Surge aquí tal vez la pregunta capital que se arroja a sí misma y sin respuesta en la orilla de todos los naufragios: ¿la lujuria excluye al amor? ¿Será que ambas fuerzas dividen el alma en sus manifestaciones? ¿Bajo qué premisa ocurre este proceso excluyente y fragmentador? ¿Será la culpa? ¿Será el pecado?



Regresando a los orígenes vemos como en el Génesis de todos los nacimientos y de todas las culpas, existe de entrada una profunda contradicción en cuanto al evento que crea al ser humano a imagen y semejanza del Creador. Génesis 1: 27 dice: "Y Elohim creó a Adán a su imagen, a imagen de Dios Él lo creó, varón y hembra los creó". Génesis 2:18 y 22 dice: "Y el Señor dijo: 'No es bueno que Adán esté solo. Voy a hacerle una ayuda apropiada para él. ' ... Y el Señor formó de la costilla que había tomado del hombre, una mujer, y la trajo al hombre".

Genesis I y II son dos relatos sobre la creación, contradictorios y separados. El primer relato es una amplificación del mito sumerio, mientras que el segundo relato es elaborado por la casta sacerdotal hebrea deuteronomista, alrededor del 700 A.C.

En la versión deutoronomista, será la boca de la serpiente junto al árbol del bien y del mal quien a través del deseo de los frutos, arroje la luz de la conciencia que escinde y fragmenta el alma humana, como consecuencia de la desobediencia de la primera doncella llamada Eva. Al morder la piel de la manzana, Eva es arrojada junto a su compañero Adán fuera del paraíso, fuera del círculo edénico que replicaba lo celeste en la tierra. En este evento, ambos son compañeros de exilio, ambos son expulsados y excluidos del Jardín primordial, aunque se deja muy en claro, que la culpa de todo no es de Adán sino de Eva, la seductora, le rebelde, la lujuriosa.

Pero revisando el mito sumerio que recoge la primera versión, nos encontramos con un evento dramático que ahonda en el relato. La historia de esa hembra llamada Lilith (la doncella de la diosa Innana, su reverso, la que cohabita el árbol con ella). Lilith es El primer animal al servicio de Adán: un ser cuyo cuerpo estaba a la disposición de la lujuria naturalmente aceptada de éste, quien copula con ella sin mirarle siquiera los ojos. Esta hembra se rebela, se constituye a sí misma como sujeto y no como objeto de la lujuria. Desea al igual que Adán copular con él, pero lo obliga a mirarle los ojos, a intercambiar fluidos en igualdad de deseo y de posturas enervantes. Llega al hito de colocarse encima del cuerpo de Adán y tomar su cuerpo, de raptarlo para sí misma bajo el imperio de su propio deseo. Ella logra pronunciar el nombre de Yahvé, esa divinidad celeste y patriarcal. En este momento, es repudiada, acusada, excluida, y separada en soledad por el creador, para morar en medio de una desolación absoluta en una gruta que se abre al mar Rojo e incluso en las profundidades del propio mar.

La lectura de estos cantos, me han inducido en estas noches cerradas, a soñar con el Génesis invertido. En su anverso original, la dureza de un creador masculino, patriarcal, que ejecuta su creación de manera unilateral, prescindiendo en el acto creador, propiamente dicho, de la fuerza de lo femenino, castigando duramente cualquier éxtasis o emoción que se derive del fruto apasionado, y cuyo reverso se contiene en el surgimiento incesante del mundo que se manifiesta en lo femenino dinámico, cambiante, emocional, polifacético. Sueño revelador que convierte este libro en un verdadero libro de las revelaciones.



La doncellez femenina y la transformación de esas fuerzas en una mujer, a través de su interacción con lo masculino fecundante, tiene su hito de expresión en la hipóstasis trinitaria que narra la historia de Demeter, Kore y Perséfone. El rapto de Perséfone por parte de otro Dios -este vez el Dios del inframundo- presupone un tomar, un ayuntamiento, una inclusión que se traducen en la transformación de lo femenino encarnado. Ese camino de transformación que simbolizaba la sagrada senda de Eleusis, los ritos mistéricos que contienen el misterio de lo femenino en sus etapas de transformación.

En mi sueño, contrastaba el hecho de que por un lado un Dios celeste, luminoso y creador de la vida excluye a la mujer original y la expulsa fuera de su “círculo sagrado”, de su esfera cerrada, para arrojarla a las tormentas que estremecen los acantilados infernales, mientras que en su reverso, contradictoriamente un Dios infernal que habita y rige el inframundo y la muerte, más bien la tome para sí en un rapto, en un acto incluyente, nupcial, a través del cual la asume de manera permanente.



Y aunque en este libro se narre el tránsito de “La Doncella” entre lo celeste y el inframundo, (o a la inversa, la subida desde el inframundo hacia la luz), no se trata de la dinámica femenina que al contacto incluyente con lo masculino, se transforma y deviene. Por el contrario, aquí se narra de manera dramática la historia de Lilith, la doncella vilipendiada, temida, excluida. No es la historia de Perséfone raptada o de Ariadna enamorada, cuando en el umbral ejecuta su lamento. Esta virgen, esta doncella no ha conocido el amor, el rapto, el abrazo continente, pues nunca ha sido amada. El castigo “Patriarcal”, su culpa irreversible, la expulsa, la somete al rigor de la intemperie, de esas grandes soledades que no son humanas. Lo soñado se corresponde con el corazón de este lamento, pues ahora es ella y no Adán quien se abre el costado: “la herida es el sitio por donde entra la luz” (Rumi). Por los intersticios de su costillar expuesto a la intemperie, su mano busca inútilmente un compañero de naufragio.

Continuando con la saga invertida, ella será también el aspecto femenino de Caín, la huérfana, la que ha roto el pacto con lo divino, la que ha prescindido de los Dioses, la que ha sido abandonada. Ahora no será ella quien le muestre al hombre la totalidad contenida en el corazón de los frutos. Será lo masculino, ese Dios impúdico, quien le ofrezca la sangre de las manzanas (que no su corazón reunido).



En este punto del relato, es imposible no evocar dos textos que expresan la simbología del inframundo, los mares, las tormentas y los naufragios. El primero es el libro perteneciente a la antigua literatura egipcia del siglo XX AC, cuyo título es “Historia de un marino náufrago” o relato de un viaje al reino de Punt. Sin lugar a dudas, este es el primer relato de náufragos que se conozca. Allí se narra el naufragio de un barco en una tormenta nocturna y el encuentro del príncipe egipcio con la serpiente que habita la isla de Ka y quien le propone la resolución de unos enigmas. Atravesar la tormenta para naufragar. Sobrevivir en la isla de luz para asumir la pérdida de todo lo material. Es en ese momento que el hombre se encuentra frente a frente con su mundo emocional, con lo seductivo, con las fuerzas de su inconsciente, para ser arrojado a la inclemente luz: Fui arrastrado hacia esta isla por una ola del mar. Pasé tres días solo, mi corazón como único compañero. Estiré mis piernas para ver lo que comería y encontré higos  maduros. Entonces, oí un ruido atronador y pensé que eran las olas del mar. Las ramas se quebraban y la tierra temblaba. Descubrí mi cara y vi que era una serpiente que venía hacia mí. Estaba erguida hacia delante y abrió su boca hacia mí. Ella me habló: ¿Quién te ha traído? ¿Quién te ha traído, hombre? ¿Quién te ha traído? Si tú demoras en decirme quien te ha traído a esta isla, haré que te reconozcas en cenizas, siendo tú convertido en alguien que no se ve. Tú me hablas y no lo comprendo. Estoy frente a ti y he perdido el conocimiento.



El segundo texto es el Canto V de la Divina Comedia del Dante. Impresionante es la resonancia descriptiva de este Canto V de la divina Comedia con el  libro de cantos que leemos conmovidos y en donde se describe al infierno como un mar tormentoso y nocturnal, cuyas olas bramantes se abaten contra los riscos afilados. Los llantos que se escuchan en medio de la oscuridad, la presencia de pájaros y aves que lo surcan batiendo sus alas, sus siete círculos que van descendiendo cada vez más hacia lo insondable-oscuro. En el corazón de este infierno se encuentran mujeres antiguas y aquellas mujeres que practicaron el “Amor Cortés”, las lujuriosas, esas mujeres amantes que han sucumbido a su deseo y que al decir de la poeta Belli esa mujer que goza es un mar agitado donde sólo es posible el naufragio.

En esa conmovedora lista de mujeres podemos ver a Semíramis, Dido, Safo, Cleopatra, Helena de Troya, Isolda y la sufrida Francesca de Rimini entre otras. Todas o casi todas las presencias masculinas en los círculos infernales que describe el Dante, son presencias secundarias, que están allí por culpa de la lujuria femenina desbordada y caótica. Llama la atención que además todas esas mujeres se ha suicidado o han sido asesinadas de manera terrible y dramática. Conmovedoras las palabras de la poeta Safo en uno de sus últimos fragmentos antes de arrojarse al mar: “Eros que paraliza los miembros, esa serpiente que otra vez me intranquiliza... dulce, amarga e invencible”. Si el Dante hubiese vivido en el siglo XX, con seguridad hubiera incluido a las poetas mujeres que han expresado con sus cantos esta tragedia: Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Anne Sexton, Edelmira Agostini, Violeta Parra, Eunice Odio, Julia de Burgos, Teresa Wilms, Carolina Coronado, Clementina Suárez, María Mercedes Carranza, la griega María Polydouri, las venezolanas Miyó Vestrini y Martha Kornblith, y en un lugar especialísimo la extraordinaria y transida Marilyn Monroe.



Siguiendo con los reversos de esta historia, podríamos asumir también que en estos cantos se narra una odisea femenina, en donde no hay héroe sino heroína. La heroína en este caso, sucumbe en el naufragio, pero llega con vida a la isla donde todo se ha consumado. El maestro Cirlot, nos dice que la Odisea no es en el fondo, sino simplemente la epopeya mítica de la navegación, como victoria sobre los dos peligros esenciales de todo navegar: la destrucción (triunfo del océano, inconsciente) o el retroceso (regresión, estancamiento). Esta idea mítica, corresponde analógicamente al misterio de la “caída” del alma en el plano material (existencia) y a la necesidad de su regreso al punto de partida.

La exquisita historiadora española Isabel Soler, en su libro “El nudo y la esfera” afirma que el náufrago rompe la imagen del héroe clásico y, sin embargo, el drama que protagoniza puede compararse a una tragedia griega. Creo, dice, que en esa atmósfera fatídica creada por la realidad y la verdad intervienen elementos que participan en la ruptura del esquema clásico del héroe: el miedo, por ejemplo, o las conductas moralmente reprobables en situaciones límite, o el hecho de tener que asumir un destino sin que exista posibilidad de cambiarlo, o la conciencia de la falta de seguridad o de fragilidad o de serenidad, el desamparo, la pérdida de la esperanza. Todo eso hace del náufrago un héroe tremendamente barroco, que llora, sufre, grita, reza, se desespera; un héroe humano que inspira piedad y que necesita a Dios para que ponga orden en ese destino, en ese gran teatro del mundo, que él no puede gobernar. De ahí la necesidad de explicar el porqué de toda esa tragedia: el hombre ha de rendir cuentas por sus errores (la hamartía clásica, el pecado judeocristiano).

En este libro de cantos, de lamentos, queda claro que no hay héroe masculino victorioso que llega indemne a su destino, a su Ítaca. Será ella en este canto la heroína. Ante el hecho de naufragio y de haber sido expulsada a la orilla de la conciencia, como un castigo de sus culpas, no le quedará otro camino que regresar al punto de partida. La Arcadia o el retorno a la edad dorada prefigura este proceso: el retorno nostálgico a la niñez. Si entendemos que en este caso es el cuerpo de la poeta quien nos canta su lamento, y es a su vez el propio mar de los naufragios: arribaron barcos a mi cuerpo, que los náufragos llegan y parten desde las orillas que rodean sus costados, se nos revelará el simbolismo geográfico que plena el poema 53 del libro: una tarde llegaron / venían de Eleusis / de la Arcadia / algunos de la pequeña Patmos / nos mirábamos tratando de rescatar / las perdidas ciudades / las murallas / el cielo / algunos creyeron ver un altar / y ofrecieron en holocausto sus últimas pertenencias / quedaron / como yo / en la orfandad / riendo mientras se alejaban / dejando apenas el silencio de sus huellas.

Junto con la Arcadia, las otras referencias simbólico-geográficas son Eleusis y la pequeña isla de Patmos. Ya antes relacionábamos el simbolismo de la sagrada senda de Eleusis como expresión del proceso de transformación de lo femenino encarnado. En este caso, el naufragio como derrota existencial que obliga a regresar, a realizar esa regresión necesaria a los orígenes, se expresa también en la península del Peloponeso (nombrada en el poema 31), que siendo una isla en apariencia, se mantiene unida al continente a través de un cordón de arena que vincula ambas realidades materiales y simbólicas. Como cadencia final de estos sentires, la mención de la pequeña isla de Patmos, le confiere a este libro una dimensión abarcante y total.

Decíamos que el paralelismo narrativo de este libro con el Canto V de la Divina Comedia, era conmovedoramente dramático. Siete también son sus círculos o puertas de entrada a su naufragio: Turbulencias, Orillas, Fulgores, Ocasos, Ofrenda, Náufragos y Blanqueo. Y he aquí la cadencia final de estos cantos, la epifanía final que le da sentido a la intemperie y al alma de la mujer que de manera por demás valiente, enfrenta su naufragio. Doncella que inicia el viaje hacia la orilla, la que emerge desde el corazón del infierno, la que sobrevive a la tormenta, la que acepta y se acostumbra a los naufragios mientras se reconoce a sí misma a contraluz en la hermosura de las gaviotas,  la que ofrenda su cuerpo al desgaste de la luz y se entrega finalmente a ese mar que la espera con paciencia de madre, que todo lo acoge, que todo lo anhela, donde todo naufraga.



Replicando en su reverso el descenso de la doncella-diosa Innana a los infiernos, nuestra doncella iniciará el arribo a las orillas del naufragio con su corona de estrella de cinco puntas, como una sobreviviente de las tormentas infernales. Tendrá que cruzar también sus siete puertas, pero esta vez de salida al vacío, al desprendimiento. Al igual que a Innana, le será requerido el despojarse de sus sandalias, no habrá concesiones para ella. Tendrá que caminar descalza por los filos acerados de los acantilados. Despojarse en cada estación que la vaya acercando a la intemperie, de cada prenda, de cada vestido, de cada girón de tela que cubre su cuerpo. Tendrá que arrancarse su propia piel hasta los huesos para llegar finalmente desnuda al lugar de las revelaciones, al lugar del blanqueo, a la orilla de ese mar salvador que le devorará los ojos hasta dejarla ciega.

Es en esta instancia del drama, donde como lector, como hombre me pregunto: ¿será esta misma doncella, la mujer doble? ¿La celeste y la dueña del inframundo? ¿Innana y su gemela Ereshkigal? ¿La virgen-prostituta que sobre el mar de la pequeña isla de Patmos se le apareció al anciano Juan desde los acantilados de su gruta como una mujer en su anverso y su reverso: la vestida de sol y la vestida de gran ramera? ¿Aquella que pisa con su pie las conchas marinas como si fueran las palabras originarias del verbo divino y creador? ¿La que porta en su cabeza la estrella de mar? ¿Aquella cuyo cuerpo se consume en el fulgor del deseo? ¿Aquella bajo cuyos pies resplandece el universo? ¿La que es acosada por la serpiente, por el dragón?



Ante esta gran pregunta, no puedo más que pedirme perdón a mí mismo y al Eterno Femenino por el miedo de asumir mi propia ánima, mi propio mundo emocional, y con ello agredirla a veces de manera despiadada. Pedirle perdón también y rendir tributo a esa fuerza femenina, a esa doncella que nos ha acompañado siempre, el alfa y el omega de las revoluciones del alma desde el Génesis o principio de los tiempos hasta la proyección futura y apocalíptica que visionara Juan en la pequeña isla de Patmos, como cierre del círculo final de todos los tiempos. Asumir que debo escuchar con nuevos oídos su voz, mirarla a los ojos sin miedo. Que por la gracia de estos cantos entiendo más, como poeta y como hombre, los requerimientos de mi alma y en consecuencia del alma de las mujeres, requisito previo y fundamental para trascenderse en el amor por ellas.

Ya en una respuesta a la autora de estas revelaciones sobre su artículo: la Paideia oculta y necesaria y la relación del pintor Botticelli y su musa Simonetta Vespucci, le decía que el primer maltratador del alma es, en una primera instancia uno mismo. El artista debe “necesariamente” forjar esa ética del alma para poder preservarla de su propio maltrato. Esta metáfora se cumple en la realidad con el maltrato a lo femenino y más concretamente con el maltrato a la mujer.

Evocábamos entonces el cuento de la tradición Innuit llamado “La mujer esqueleto” que Clarissa Pinkola nos transcribía en su libro Mujeres que corren con los lobos. En esa narración, una joven es castigada por una transgresión y por haber cometido un acto indebido. Su padre la condena a morir y la arroja por los acantilados al fondo del mar. La metáfora expresa un evento donde lo femenino transgrede a lo masculino, al padre y por ello es eliminada en el fondo del mar, excluida, separada de lo humano y sumergida en la inconsciencia, perdiendo la carne. Su cuerpo es comido por los peces del fondo y por ello solo queda su esqueleto, por lo que pierde también su sensualidad, su sexualidad y su capacidad de vínculo con el mundo y con el hombre.

No puede ser casual (y la propia poeta es testigo de que no hubo premeditación) que la fecha de la impresión de este libro sea 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Aquí vuelve a replicarse la historia. Santa Bárbara, patrona de las tormentas, de los rayos y de los relámpagos, doncella y virgen de las intemperies, es condenada por su propio padre a la muerte. Éste la decapita en la torre donde estaba encerrada y desde allí es arrojada por él mismo al fondo del mar.



Pero tal vez la mejor respuesta a lo planteado en este libro, en esto cantos, en este lamento que surge de la boca de la serpiente, sea la que nos narra la leyenda de San Jorge, la Doncella Sabra y el Dragón (¿serpiente?). Antes de asumirla y de contraer las nupcias con ella, él se aproxima mirándola a los ojos. Quitó entonces la corona de la frente y se la puso al dragón para retenerlo por el cuello, arrastrándolo por todo el trayecto hasta la orilla del lago. Ella le dijo: dime que debo hacer para demostrarte que te amo. Y él le dijo: creer en ti misma...entonces el dragón se durmió"

Verdad resumida por el poeta Rilke en uno de los párrafos más extraordinarios que se hayan escrito sobre este drama: Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo…





Edgar Vidaurre



   

domingo, 1 de noviembre de 2015

Poemas de una psicótica: La flor de la conciencia en Ida Gramcko - Por Anamaría Hurtado



                                                                         Algunos no ven la palabra, aunque la miran,
otros aunque la oyen, no la escuchan.
Pero a algunos se les da como una amante y refinada esposa
se entrega a su hombre

Rig Veda. X, 71.4

Si bien en todo poeta la palabra es esencial, en la polifacética Ida Gramcko (1924-1994) se entroniza como un evento salvador. La palabra en ella es el espacio donde confluye su poderoso y a la vez delicado mundo íntimo con la vida, en términos de pálpito universal. Ida con su inmenso pulso creador intenta, a través de la articulación de la palabra, transformar lo efímero en eterno y trascendente, y una vez que ha intentado asir lo perdurable, verifica la reaparición de la amenaza permanente de la pérdida, y el anhelo que regresa por lo que permanece.  Afirmaba: "Existir, no vivir. Nos ha costado tanto no ser vida". Pareciera que en ella el existir cabalga incesante sobre la vida y es la palabra un instrumento mágico que permite el advenimiento del Existir. El ser poético de Ida es existir, por eso en ella vida, existencia y poesía son indivisibles. El  recuerdo infantil de una pequeña de tres años dictándole a la madre un poema, nos prefigura su devenir poético. En su jardín (que será siempre metáfora en ella) es testigo del florecer de un lirio, ella corre, se golpea y dice que tiene algo en la cabeza – “tengo una cosa aquí”, señala-  y necesita decir “eso”. El caso de tal precocidad es asombroso, no sólo por la profundidad poética en la imagen percibida, sino por la prodigiosa utilización del lenguaje para transmitirla:

en esas matas de verdosas hojas
como un alma blanca surge un lirio encantador

(Anécdota citada por Gabriela Kizer en la biografía de Ida Gramcko. El Nacional, 2010)

  Además de una deliciosa anécdota infantil que asoma en el episodio del lirio, ya se anuncia en Ida una definitiva visión poética: un golpe, algo que desde dentro pugna por salir junto a la urgencia por atraparlo. Parece entonces que se hubiera golpeado con el propio emerger del lirio. Recordemos a Chantal Maillard, al referirse a la mirada de la infancia: “¿Qué fue de aquella inocencia en la que la percepción, lo percibido y quien percibe era uno y lo mismo? (...).El largo camino que desemboca en la intuición mística ¿no será acaso el de un retorno a cierto estado de la infancia?”.  Ida- niña es el lirio que emerge, su alma emerge con el lirio o emerge en el lirio. Esa es la vía mística por la cual la poeta transitará durante su existencia.

Ida insiste en sumergirse en un universo vital, desbordante, insólito, barroco, casi delirante de palabras, que intentan dar forma a lo que en inicio es inefable. Ese ardor constreñido en la potencia oscura de su espíritu la impulsa hacia la luz,  intenta un camino de iluminación desde la sombra, pescando de dónde viene la luz., y la luz en Ida es la palabra.

Todo ello nos sirve de preámbulo para aproximarnos a un libro único: Poemas de una Psicótica (1964). El dar cuenta de experiencias límites de sufrimiento psíquico ha sido tema recurrente en los poetas. Sin embargo, en el caso de Ida Gramcko, quien es una persistente buscadora de la trascendencia- de lo “inmenso que cabe en el ala de los pájaros”- su experiencia psicótica se convierte también en un camino para llegar a la expansión de la consciencia e iluminación mística. Mas sin embargo, su misticismo es paradójicamente oscuro e inquietante, emparentado en sus raíces con el de Santa Teresa de Ávila, y con influencias diversas de William Blake, el Conde de Lautréamont y Rainer María Rilke, entre otros. Para Ida la vivencia poética no es un fenómeno intelectivo, aunque se valga de la utilización desmesurada del lenguaje, rebosante de imágenes, metáforas y numerosos recursos técnicos, su poesía no es medio de expresión sino un instrumento de interpretación  del mundo en su totalidad: interno y externo.

La experiencia psicótica de Ida, transcrita en clave, nos coloca como espectadores de un proceso creador avasallante, por ello lo importante no es quedarnos en la patología, sino agudizar los sentidos, dejarnos inundar de sus palabras y acceder a ese universo  en expansión, que constituye el mundo de la poeta.  Ida Gramcko, en su intento de simbolizar la experiencia, consigue legarnos una de las más bellas y originales piezas poéticas. En ella nos describe un sufrido y portentoso tránsito interior desde sus profundos abismos hasta hallar en  el Casi Silencios el espacio de una conciencia extensa y anhelante. En el prefacio del libro nos anuncia su estructura, Diablos, el Ángel y el Espectro pertenecen a la psicosis padecida, y Plegaria, Casi Silencios y lo Máximo Murmura los considera los poemas de su curación. En ese conmovedor preámbulo anuncia cómo la palabra se constituye en sanadora. El tránsito del libro es una experiencia dolorosa y abarcante donde Ida al final halla ese lugar donde:

Las aguas se hacen claras.
Al fondo, lentamente, las piedrecillas
hallan al fin sitio. I encima de las aguas,
flota una flor entreabierta: la
conciencia.

La psicoanalista junguiana Marie Louise von Franz   propone que luego de experiencias psicóticas, advienen en la psique individual imágenes equivalentes a los mitos de creación colectivos, lo cual permitirá  la re-creación del mundo interno que se desmoronó tras el episodio. En el caso particular de Ida, la psicosis es transmutada por una psique que siempre ha estado atenta al proceso interno creador, un alma que ha crecido y ha sido cincelada con  la palabra. Ella ha estado alerta a sus oscuridades, las reconoce, “los diablos están ahí, no se los invita”, y ante esta presencia oscura exclama: has de recibirlo y acaso darle de tu pan porque ya se ha adueñado de ti misma y tú sientes por él algo más crudo que el silencio: el miedo.

A través de su correspondencia personal, describe su enfermedad lacónicamente como un no pisar tierra firme, estar abrumada de percepciones y por una pérdida del significado que le impedía utilizar la palabra. La enfermedad le compromete seriamente su capacidad creadora y su escritura, hasta que pasados unos años la retoma a través de este singular libro, donde al igual que en el jardín de la infancia, emerge la poesía- como un alma- que siempre la habitó: 
“Me alegra saber que, aún durante el sufrimiento de mi enfermedad, yo continué siendo poeta.”

Retomar a Ida Gramcko en estos tiempos de estrechez es intentar con ella vislumbrar la vasta multiplicidad de la existencia y sumergirnos en un siempre renovado mundo donde la Palabra se nos entrega como una amante y refinada esposa.


Anamaría Hurtado
15/10/2015




jueves, 22 de octubre de 2015

Armando Rojas Guardia y el Árbol de la Vida


Bendita seas, poderosa Materia, 
evolución irresistible, realidad siempre naciente, 
tú que haces estallar en cada momento nuestros esquemas 
y nos obligas a buscar cada vez más lejos la verdad.

Teilhard de Chardin – Himno a la materia


En estos días he recibido de las manos de Ana María Hurtado, (esa Diótima intermediaria, Shekinah sabia y cóncava) un escrito iluminado del querido poeta y amigo Armando Rojas Guardia, quien además en una conversación reciente, me ha dado su venia para leer y compartir a su vez mi sentir a través de la palabra. De manera inenarrable, me siento privilegiado y agradecido por participar en este Ágape, por entrar en esta lectura a la cual accedo con la profunda sensación de que se trata de un ritual de comunión. Y digo comunión, pues a pesar de que en primera instancia (como dije) penetro en estos textos y me adentro en su lectura, comprendo que la instancia que sucede a ese entrar es la de oír, la de dejarse penetrar a su vez por la palabra confesional y de esa manera entender al otro…a uno mismo en un acto de purificación compartida. Tal vez y como dice Armando en el texto: compartir ese pan inexorable que significa el hecho de vivir y existir sobre la tierra.

Me llama la atención que es precisamente desde la tierra y el hecho de pisarla, de estar arraigados en ella existencial y corporalmente, de donde parte esta primera evidencia y manifestación de vinculación inexorable. Y es justamente desde la tierra y la más esplendorosa de sus prolongaciones: los árboles, donde (mucho antes de este compartir mutuamente consciente y convenido) tuve una comunión numinosa con Armando a través de la lectura de su poema, La mística de los árboles: Los árboles son sacramento de la paz. Ellos me enseñan el arte difícil del sosiego, firme en su aplomo vertical frente al viento y al látigo incontable de la lluvia. Su tranquilidad está transida de silencio pues las hojas, como labios, sólo invitan a contemplar otra flora escondida e interior que no se puede describir con las palabras.

Aunque Armando ha titulado a estos textos de manera perfecta como Diario 2015 (septiembre), siento en su lectura que estos textos contienen algo más que lo que expresan los diarios convencionales. Al entrar en ellos me veo envuelto en un acto conmovedoramente confesional (hay una evocación muy fuerte con las confesiones San Agustín). Mas sin embargo, no se trata aquí de un acto confesional para expiar culpas o para negar y revocar aspectos conformadores del obrar, siento más bien una maravillosa eclosión de plenitud que nos relata su estado actual, pero sobre todo se me impone la sentida visión de los Libros de Horas: esas maravillosas crónicas, que no se atienen a lo acaecido anímicamente en el ciclo circadiano, sino en aquellas vivencias que se salen del tiempo convencional y se condensan como gotas de agua en pequeños detalles, que por humildes y esenciales, nos vinculan con lo abarcante. El propio Armando la ratifica cuando confiesa su despojo yoico y su retornar del contacto humilde con la tierra: lo que busco afanosamente, disfrazar y esconder ante la mirada ajena: mi pequeñez, mi real fondo de poquedad, mi flagrante nadería. El mismo San Agustín decía que la única manera de vincularse con la inmensidad era hacerse pequeño, permitir la entrada de la visión de aquello que nos trasciende.

En esos maravillosos Libros de Horas se plasmaba el movimiento que la gracia genera sobre lo íntimo sagrado para que este devenga a su vez en expansión trascendente hacia el afuera. Alternancia exquisita entre lo subjetivo del que vivenciaba o experimentaba el contacto directo con lo inefable y su correspondencia con el mundo. Ahí se manifestaban y se describían aquellos actos de purificación, rituales personales e íntimos, oraciones, pensamientos, crónicas anímicas de los ciclos celeste-terrestres y su determinación en el alma de acuerdo incluso a la manifestación fenoménica de la luz a través de los vitrales y sobre todo esos breviarios que unificaban la vida cotidiana con la vida monacal en una especie de hierofanía escrita y despojada de la existencia. 

Tomando entonces de manera personal estos textos como un libro de horas o breviario, lo siguiente que siento de su lectura, es el asombro ante la capacidad del Armando-árbol (devenido como extensión que se eleva desde la tierra hacia la plenitud de su comunión armónica y sublimada con lo espiritual “alciónico”) de constituir en este espacio visible, terrestre y manifiesto, incluso urbano (con las manifestaciones sonoras que se arremansan en su inclusión dentro del ámbito numinoso), la cuadrícula de los espacios sagrados, de eso que llamamos Templo. La geometría sagrada que replica en la tierra los espacios celestes: En el rectángulo de la plaza, el ritmo exasperado de la ciudad se atempera, ingresa en una modulación espacial y temporal dentro de la cual hasta el ruido de los automóviles y las motocicletas recupera inesperadamente una como inocencia sensitiva, una placidez coreográfica y libre…. El agua de la fuente y del estanque, el silencio introvertido de los árboles, la geométrica disposición de los bancos, los dedos verdes de la hierba, la blanca pulcritud de las barandas: todo en la plaza me convoca a vivir una  dimensión  de la existencia urbana que es la única que en verdad me importa, me interesa.

Este replicar de la cuadrícula como espacio sagrado en la tierra expresado en la figura del “Templo”, no sólo es importante en los textos de Armando, desde el punto vista arquitectónico, estructural y físico, sino desde el alcance simbólico que representa la misma palabra que lo designa. Varrón, escritor latino del siglo I antes de Cristo afirmaba que “templum” es el nombre que se da a un lugar demarcado y limitado por determinadas fórmulas geométricas y simbólicas con el fin de hacer augurios o recibir auspicios”. De aquí proceden las palabras “templo” y “contemplar”, que aluden a la zona sagrada y demarcada del templo, la que estaba dentro del campo de visión del augur, la que este “contemplaba”. En sentido estricto, si no hay templo tampoco hay contemplación. Mirar es penetrar (al igual que la palabra) y es allí que la mirada, (como unión de lo visible material y el milagro de la luz) donde quiera que se pose o penetre, se hace sagrada al tiempo de sacralizar lo que se mira.

Conmovedor en grado sumo (si entendemos el carácter de la contemplación que sacraliza) el hecho llevado al plano humano en su manifestación carnal, el que Armando constituya al cuerpo humano como centro, como Axis Mundi (literalmente) del evento témporo-espacial en donde se produce la experiencia religiosa. El cuerpo es el templo donde se produce a través de la mirada contemplativa el éxtasis y Armando es el augur o el contemplante que sacraliza lo mirado: ese cuerpo que en el evangelio Jesús proclama como sagrado y en donde los ojos serán a su vez el espejo del alma. En el caso de Armando, esta se expresa en su personal ceremonia iniciática, el rito que logra su trance extático, la liturgia sensorial a través de la cual accede al relámpago dichoso que consiste en contemplar con calma lentitud, con una opulenta parsimonia – opulenta porque es un lujo visual que  enjoya su mirada-  el cuerpo desnudo. 

En un antiguo ensayo sobre las “Corporalidades de Ana Teresa Celis, (otra magnífica Ana), yo decía que “por amor al hombre Dios ha encarnado en casi todas las teofanías, redimiendo de esta manera todo lo visible, lo concreto, lo individual. Decimos esto porque el ser humano no sólo es mente – es decir emoción, amor, sueño, intelecto - es también cuerpo y sensualidad. Dios encarnó para redimir la materia, lo visible a través del fulgor de la Belleza y el amor que lo envuelve todo, revocando con ello la culpa y el pecado (…Ama y haz lo que quieras, San Agustín dixit). Aun así, pasará mucho tiempo antes de que de manera expresa y abarcante, un santo moderno como Teilhard de Chardin, proclame nuevamente el carácter sagrado de la materia. En este caso una visión más amplia nos revela que la corporalidad como estatus cualitativo existencial, no se refiere a una cosa o ente como atributo único y excluyente, sino que en todo caso la corporalidad es apenas uno de sus atributos o cualidades: es en todo caso, el aspecto objetivo, corporal, tangible, existencial; la apariencia física y perceptible de aquello que en su aspecto más permanente y subjetivo es esencialmente invisible a los ojos e inaprensible a nuestros sentidos percepción física, evento este que se representa en muchas religiones y en especial en la cristiana a través del misterio de la encarnación (o materialización) del espíritu.

Como dijimos, la mirada y la palabra inteligible son penetrantes. No puede haber carnalidad sin que concurra ese aspecto de lo creante. ¿Es entonces la palabra creada la clave para entender y resolver el misterio de la encarnación, el punto común y convergente entre lo creante, lo creado y lo que perdura en medio de la alternancia de la esencia y la existencia, entre el alma y el cuerpo? ¿Es en la mirada en dónde se inicia el camino que nos llevará a la confluencia total de los aspectos humanos? ¿Al final, es el alma quien escucha, quien se deja penetrar?

El dogma cristiano nos habla de alma y del cuerpo como ambivalentes, que la otra vida perdurable, esencial y eterna pertenece al alma y que esta perdura sobre la finitud de nuestro cuerpo arraigado a esta vida existencial… sin embargo y de manera sorprendente y contradictoria, lo que este dogma proclama para el final de todos los tiempos, no es esa prevalencia de alma, sino la resurrección de la carne.

En esta instancia del Breviario de Armando, y a través de su palabra, se proclama a todos los vientos la sacralidad del cuerpo y la materia, del aspecto corporal del alma, de la corporalidad como la manifestación pura del espíritu en su aspecto visible y tangible a la mirada.

Parafraseando a Armando describiría estas visiones evocando a la mística de los árboles: ese árbol erguido e inhiesto que apoyado en la penetración de sus raíces en lo más profundo y oscuro de la tierra, es capaz a su vez en los aspectos aéreos y aromáticos de manifestar lo acogedor y misterioso que encierra la gestación de la flor y de los frutos. Lo femenino a través de esa tranquilidad transida de silencio pues las hojas, como labios, sólo invitan a contemplar otra flora escondida e interior que no se puede describir con las palabras, (y en donde agregaría) tampoco puede ser abarcada con la mirada: Es como presenciar con los ojos del cuerpo el milagroso instante de la floración de la rama y entender con el alma la fuerza que la hace florecer. O como escuchar con los oídos del cuerpo al ruido de la brisa suave y entender con el espíritu la paz inefable de su susurro.


***


Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma ampliamente abierta a todo.
ser poseído por Ti, y conducido por la indefinible potencia de tu Cuerpo

Teilhard de Chardin – Himno al universo


En el monumental libro “El fenómeno humano” Teilhard de Chardin, nos regala la más extraordinarias de las visiones que haya podido (a través de él) alcanzar la humanidad: la parte tercera del capítulo II: “El árbol de la vida”, Curiosamente sucedida por el capítulo de Deméter y el Hilo de Ariadna o la ascensión de la conciencia. La potencia vital de la tierra (ánima mundi) desde donde la semilla del árbol de la vida se expande, La revolución celular, el número áureo, la primavera de la Vida, su incesante reproducción desde el átomo hasta la inflexión del pensamiento del hombre sobre sí mismo y la toma de conciencia hasta llegar al plano espiritual, sin cortes, cesuras, castraciones o mutilaciones. Es inevitable para quien lea los manuscritos de Armando y sepa de su religar arbóreo con el mundo, no evocar esa plenitud que se manifiesta en el aspecto visible de la creación: Todos estos objetos que nos rodean, y nosotros mismos, en apariencia tan estables, en realidad configuramos coreográficamente una casi infinita danza cósmica, tal como nos lo ha enseñado y descrito la física contemporánea: la estallante dinámica de los átomos – y dentro de ellos los protones, los neutrones, los positrones- y de las ondas y las partículas, gobernada por la indeterminación y la imprevisibilidad.

Y es aquí, en este punto de la secuencia anímica del breviario, donde se produce el maravilloso drama y el ritual que expresa la maravillosa epifanía que nos obsequia Armando: La resolución de la culpa y el advenimiento de la plenitud. Armando se confiesa así: Desde hace muchos años siento predilección intelectual y anímica por las éticas eudomonológicas: Demócrito, los cirenaicos, Epicuro, Lucrecio, Montaigne, Spinoza,  y,  a su modo intransferible, Nietzsche y Albert Camus. Pero sobre todo, junto con Nietzsche, Spinoza. Como es sabido, para éste no existen el Bien y el Mal metafísicos, que son meras nociones engendradas por la superstición; solo existen lo bueno y lo malo. En otras palabras, el logro de la mayor felicidad posible, a través de aquello que se corresponde con los impulsos más verdaderos y armónicos del ser humano en su totalidad, cuyo reverso sería lo malo: aquello que lo fragmenta a través de los conflictos entre su esencia y su existir. Sin embargo, hay un evento crucial que ocurre de manera sorpresiva en Armando cuando de manera inesperada (y dejando a un lado esa predilección intelectual, para entregarse de manera arremansada a oír), a asumir aquello femenino, cóncavo como elemento necesario en contrapartida a lo penetrante creante. Poco antes de ese evento advenido y maravilloso, ya el alma se hacía menos intelectiva, menos penetrante. 

Ya en Armando y por su propia descripción de las epifanías que le venían ocurriendo durante el retiro estaba preparando su alma para dar el paso en un ritual “prenupcial”: En la tarde del tercer día de retiro, Jonatan me lee un texto de La Gaya Ciencia. En él, Nietzsche afirma que el amor a todas las cosas que amamos, empezando por el amor a nosotros mismos, requiere un arte, casi una orfebrería , lentos, pacientes y delicados, cuyo ejemplo más cabal nos los ofrece nuestra relación con una pieza musical por la cual sentimos predilección: se trata, primero, de  aprender a oír.

He aquí pues al Lover Man, escuchando a su propia ánima desnuda, dispuesta a esas nupcias interiores, cuyo ritual definitivo se celebra en el último día del retiro espiritual y que el poeta nos narra así: A mediodía, Jonatan me dice que el retiro culminará, a las cinco en punto de la tarde, con una sorpresa. A esa hora nos dirigimos a la capillita que está en la zona de clausura de la casa de ejercicios espirituales situada al lado de la cabaña dentro de la cual he pernotado estos días; zona donde la comunidad de las seis monjas que atienden a los ejercitantes ocasionales tiene sus aposentos privados. Ningún hombre puede penetrar dentro de esa intimidad femeninamente conventual.

Ese entrar en los recintos femeninos, íntimos y virginales para escuchar arremansado, erguirse suavemente en ellos y de esta manera penetrar con su palabra el alma de estas mujeres para a su vez fecundarlas, polinizarlas, hace de esta experiencia, de esta vivencia, un hito comparable a la hierogamia o Boda sagrada. La confirmación correspondida de esta evento maravilloso está contenida en las palabras de la hermana Claudia (la más espiritual de todas) y que al sentir del poeta, se quedarán para siempre orbitando en su memoria emocional: Armando, a nombre mío y de mis hermanas quiero que sepas que te consideramos un miembro masculino de nuestra comunidad y, como tal, puedes venir a esta casa y a la cabaña que está a su lado en el día y a la hora que lo desees”. Ante esta respuesta afirmativa y de aceptación él se confiesa transido: "Yo no puedo decir nada más. El llanto me quema los ojos, la garganta, el pecho y las ingles.

El propio Armando declara el carácter nupcial que este evento, de este paso que convoca el matrimonio y la integración dentro de sí mismo cuando expresa: La epifanía de Eros en nuestra vida, así acontezca en pequeña escala, inaugura para cada uno de nosotros la boda de la subjetividad propia con la materialidad concreta del mundo. Quedamos nupcialmente ebrios de una inédita desenvoltura mental y corporal. Eros nos desnuda (Camus: “Estar desnudo guarda siempre un sentido de libertad física”). Desnudo para hacer el amor con el fasto, la opulencia del cosmos. Yo soy ahora un ejemplo viviente de ello.

Dejándome a su vez penetrar por la lectura de los textos de Armando, entiendo que después de esa unión, ya no habrá necesidad de éticas eudomonológicas, ni de relativizar a la “Moral” al hecho circunstancial, colectivo y social del hombre como lo hace Nietzsche en su extraordinaria “Genealogía de la Moral”. Esa plenitud, esa felicidad que revoca la culpa proviene de las energías naturales de la creación en todo su esplendor, es la “Pankalía” o la belleza del mundo en su conjunto y que hace que el árbol de la vida se expanda de manera incesante, por la voluntad amorosa e ineludible de Dios creador. 

La culpa nació también a los pies de un árbol: del árbol del bien y del mal, ese árbol escindido, cuyo fruto no pudimos asimilar. En unos intercambios con Ana María, decía que “si hacemos una lectura poetica-abarcante, del Génesis (no solo el de la Tora y la Biblia Cristiana), veremos como a partir de ese eje central que une lo de arriba y lo de abajo, la luz y la sombra, el cielo y el infierno, es decir del Árbol de la conciencia del bien y del mal, se establece en la psique del ser humano esa sensación de desprendimiento, de separación, que nos hace sentir que la creación es una cosa diferenciada de nuestra individualidad. La primera palabra, el primer aliento, es el Verbo: la palabra indiferenciada. Esta palabra hay que llevarla al plano de la conciencia, al plano de la luz. El hombre en este afán (y digo “hombre” en sentido estricto y literal), quiere llevar a ese plano consciente, no solo a los elementos de la creación, sino incluso a su propia Anima, su núcleo emocional, aquello que lo anima, lo nutre lo vincula. No en balde los sabios Leroi y Gourham, nos interpretan ese momento, con la salida de Eva del costado de Adan. Dicen Leroi y Gourham, que los aspectos puramente inmanentes del hombre, serán invisibles o imposibles de ver, si no hay reflejo, trascendencia. Eva, o el elemento femenino-emocional, se encontraba totalmente integrado e indiferenciado en el ser humano en lo más hondo de sí. El hombre, en su pretensión de confiar solamente en el aspecto luminoso-racional, saca hacia afuera, es decir trasciende este elemento inmanente hacia el afuera para verlo, para poder mirarlo. Esto implica de manera casi irrevocable la sensación, de separación, de que el todo y nosotros estamos diferenciados a través de la conciencia individual. Eva seduce, al hombre, Lo lleva a la “trampa” con la dulzura del fruto de ese árbol, para que acceda de manera definitiva, a la luz del entendimiento, a la conciencia.

Pero el hombre ha pecado contra su propia consistencia, pues al sacar hacia el afuera el aspecto emocional que lo conforma, estará condenado a entender desde una percepción puramente racional, parcial, analítica, donde solo hay luz. De todas maneras la resonancia con Ariadna y Teseo se me antoja asombrosa. Es Ariadna quien lleva a Teseo de regreso a la luz, luego de su llegada al centro del laberinto. En el caso de Eva (o ánima), es ella también quien lleva a Adán a la conciencia, es decir a la luz, desde ese centro o “Axis Mundi” de cuyo punto giratorio y centrífugo (o su reverso centrípeto) sale la fuerza vinculante desde el adentro o hacia el afuera, de toda la creación.
Al darle el fruto del bien y del mal, ella le muestra ambos aspectos unidos por el fruto, tal y como Ariadna le otorga a Teseo el hilo conductor, el vínculo, el nudo. En el caso de Adán, este solo vera la división, no la unión, pues esta despojado, condenado a no ver también y simultáneamente desde ese otro aspecto de la conciencia: “la conciencia emocional”.

El eco de ese árbol del bien y del mal (árbol escindido como dijimos) será la cruz, donde todo converge, centro donde el ser humano bajo el símbolo y la figura de Jesús habitará como receptáculo de confluencias. Aquí y ya para terminar, Armando nos regala tal vez la mejor vivencia anímica de su retiro (o más bien encuentro). Bajo el ritual de auto-mirarse, de verse a sí mismo en el espejo, esa la alternancia entre lo inmanente y lo trascendente, la sensación de individualidad y al mismo tiempo la sensación de formar parte de “Un Todo”, la necesidad de trascender lo inmanente para verlo con los ojos y su reverso: hacer inmanente lo trascendente para entenderlo con el alma. Concurre aquí además el hecho de escucharse a sí mismo, escuchar la resonancia del alma, ese “Mantra” que Armando hace a través de la repetición ondulante y ondulada de la palabra Obrar: este es el vocablo escogido. Me dedico a pronunciar, mentalmente, y  en voz baja y en voz alta, desde todos los estratos recónditos de mi interioridad convertida en conciencia, ese infinitivo que no solo sintetiza para mí aquellos párrafos del El Anticristo sino que, igualmente,  me devuelve a una vieja y querida convicción mía: o se entiende el Evangelio como praxis  o no se lo comprende en absoluto.

Ante la pregunta ética sobre lo bueno y lo malo en el obrar, Jesús responde: Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.

No puedo terminar sin evocar la imagen de Armando sentado bajo el amparo del tronco de un gran árbol, en un video documental confesional que le hiciera el cineasta Luis Alejandro Rodríguez, mientras recitaba a viva voz el poema “La mística de los árboles”. En esos días, viendo el documental, tuve un sueño que hoy mezclo con sus sentires en una correspondencia de comunión, para sentarme con él debajo del árbol y compartir el pan de la tierra y el vino de sus frutos: “Anoche soñé que era un árbol… los árboles están arraigados a la tierra, pero se mecen al ritmo de los vientos. Ellos no fuerzan nada, no obligan, no perturban. Se elevan en silencio. No andan pregonando nada ni ofreciendo en alta voz la dulzura de sus frutos. No piden ni exigen nada a cambio, ni espera que se sienten a ver sus ramas y sus flores. No importa cómo, ni por qué, pero aún a aquellos que temen o denigran de su tronco a la plena luz del mediodía, ofrecen el sosiego y la tranquilidad de su sombra.”

He aquí también pues el fruto apasionado, el reverso del fruto del árbol del bien y del mal: El fruto del Árbol de la Vida, donde al probarlo, en lugar de escindirnos, ejecutamos las bodas interiores y sagradas. Fruto que se trasforma en vino. El retorno de ese fruto original e inocente que endulza nuestra boca, para transformarse y transformarnos y que a modo de revelación evangélica Armando proclama así: el primer acto taumatúrgico de Cristo consistió en la transformación, dentro del marco de una fiesta nupcial, del agua destinada a los rituales de purificación en el vino de la alegría: finaliza la obsesión por la mancha culpábilizadora  a ser purificada mediante el rito y el sacrificio, y empieza a escucharse el e-vanggelion, es decir, la buena noticia de la ebria libertad del gozo, que nos devuelve al paladeo de la inocencia.

Edgar Vidaurre

sábado, 30 de mayo de 2015

La gitana es una mujer verde (Amalia - Ailama)


Creo que, en todas las mujeres, 
hay una gitana antigua y salvaje 
que llora de angustia cuando la reprimimos. 
Hay una parte de nosotras que nunca, 
nunca será feliz hasta que la gitana pueda bailar.

Clarissa Pinkola Estés


Supe de Graciela Alvarez a través de un e-mail fechado el 2 de octubre de 2009, en donde y por la gracia de la poeta Astrid Lander, me pedía compartir en la distancia, las charlas que sobre el sonido como expresión y manifestación del alma dicté en el Centro de Estudios Junguianos de Caracas. Me acuerdo que le hice énfasis en la música de ejemplo de la primera charla, tomada del coro “El misterio de las voces Búlgaras”,  unos cantos arcaicos macedonios ejecutados por mujeres campesinas como rituales que las religaban a la naturaleza y a la creación en general (al cosmos, al universo y a la tierra como resonancia viviente de esa creación). Estos cantos se ejecutaban en el atardecer, en las bodas, en los tiempos de lluvia, de fertilización, de las estaciones, de los solsticios de invierno y de verano y en fin a todo el acaecer de la vida como manifestación de aquella ‘”anima” que nos vincula, nos mantiene y nos nutre. Esa Anima Mundi, que resalta la conexión de lo esférico y lo circular como la forma representativa de lo visible de la creación, y su manifestación simbólica más extraordinaria como lo son los Mandalas.

En ese e-mail, de una manera muy pura y casi tímida, Graciela me copiaba un texto Inspirado que se titulaba Cosmos Alquímico, que en su versión original decía así:

Tiempo!
Mecida por el amor
“Mono y poli”
¡Alegría!
Sinfonía ejecutada
Por las circulaciones del cuerpo
Vibración sutil de violines
Blancos y rojos
Tiempo de adagio
Que busca radiodifundirse
Por los poros de la piel
En volutas.
Vitalidad, canto, rezo,
Eros, himno al amor
Anida en el  ser
A ritmo de sinfonía en crescendo
Allegro vivo, éste movimiento.
La inspiración, composición,
Los movimientos, tiempo,
Los ejecuta la esencia,
Alquimia que se da
En el laboratorio del ser completo.
Captación súbita
Visión interior, cósmica, policromada
Pentagrama con forma estrellada 
Danza de corcheas y semicorcheas
Cóncavo y convexo
Imaginando como construir un
Punto de encuentro para hacerse esfera
Alucino? La esencia prepara la mezcla?
Alquimia? …
Suspenso que anima, entusiasma
A seguir imaginando, insistiendo

El amor hizo el milagro!

Mi sentir y mi respuesta no se hicieron esperar y le escribí este texto: La evocación inicial del tiempo no como medida de duración, sino como ritmo acompasado en el oscilar, ese mecerse entre lo único y la eclosión de lo múltiple.  Además la música…esa sinfonía que es ejecutada por el cuerpo, nos indica igualmente la unión (a través de la música danzada) entre cuerpo y alma. Me llama la atención la búsqueda de ella para “radiodifundirse” en los poros de la piel… y es verdad somos energía, nuestro cuerpo físico es solo una antena receptora que vibra, que se deja penetrar al danzar y como diría Sonia Sanoja: ese es el momento en que el cuerpo se transforma en luz. Y como dices… esa dinámica, esa vitalidad  que termina integrando a través de la Alquimia Espiritual, todo en el laboratorio del ser completo. Por último me asombra la epifanía nuevamente de lo esférico de lo redondo, esta vez en sus aspectos continentes y contenidos…en lo cóncavo y convexo.

A partir de aquel momento y durante casi cinco años, estuvimos correspondiéndonos visiones, sueños, puertas que se abrían y se cerraban, “El ojo de Horus”, sincronías asombrosas, un aprendizaje mutuo en donde asimilamos el “tempus” alquímico y la paciencia necesaria, para finalmente compartir, gota a gota en una especie de revelación que se desplegaba a lo largo de esos años, la existencia secreta de unos textos que trataban sobre el renacimiento alquímico personal de ella, hasta que el 26 de mayo de 2014, en una entrevista memorable, me entregara en persona la versión final y corregida por la poeta Carmen Cristina Wolf del cuaderno de poemas que hoy publicamos.

Y precisamente hoy, ante este libro vibrante que se abre como se abre la primavera en flor, me pregunto quién es esa mujer verde, esa gitana? Cuál es su sentido oculto, por qué se me parecen tanto estos poemas a los rituales mistéricos de las antiguas diosas de la fertilidad y el proceso de transformación de lo femenino?

"El opus alchymicum debe comenzar en la primavera (en efecto, en Aries, cuyo Señor es Marte).Todas las fuerzas del alma deben “Juntarse” para la gran transformación. El misterio de la conjunción tiene lugar en Mayo"… nos dice el maestro Jung en su libro Paracélsica, y que la poeta-gitana pone como epígrafe que antecede su escrito llamado Mayo. Como el libro llegó completo a mis manos en mayo, y hoy 30 de mayo es su bautizo, no puedo dejar de contar esta anécdota asombrosamente sincrónica: Impreso el libro y encuadernado, me presenté en la casa de Graciela el 9 de abril (comenzando la primavera y bajo el influjo de Aries, cuyo señor es marte), y cuál no sería nuestra frustración compartida al observar que faltaba de manera evidente el escrito titulado Mayo. Este error, me obligó a insertar de manera trabajosa el texto dentro de un libro ya encuadernado, y además a leerlo y reparar con más profundidad, sobre el significado y el mensaje de esta sincronía. Esa noche soñé con el Maestro Jung, quien me decía en el sueño “El misterio de la conjunción tiene lugar en mayo, el  libro debe bautizarse en mayo”. Quiero resaltar que el  libro iba a ser bautizado en abril y que la labor de insertar y corregir el error nos ha llevado de manera como dije, sincrónística en términos Junguianos, a bautizarlo un día como hoy, donde está por cerrarse el mes de mayo. Pero es que además este hecho reveló en todo su sentido el misterio que traspasa y sigue traspasando el corazón de esta mujer, de esta poeta, de esa gitana.

La palabra “gitano” viene del nombre “egipcianos” que se les dio a los primeros gitanos que llegaron a España y que decían provenir de una región del Asia Menor cercana a Grecia que se llamaba según ellos “Pequeño Egipto”. Curiosamente su bandera se instituyó el 8 de abril del año 1971, (fecha que marcó el inicio de la primavera y su equinoccio) desplegándose y ondeando al viento por primera vez en el mes de mayo de ese mismo año, mes de la virgen, y más concretamente el 28, día en el que se cerraba antiguamente el ciclo de la primavera en los rituales hindúes y celtas, cuyos procesos vinculantes entre el cielo y la tierra por cierto se rememoraban en esos cantos litúrgicos de la misteriosas voces búlgaras de las que hablaba al principio.

La bandera de los gitanos tiene las siguientes características gráficas-simbólicas: un rectángulo que contiene en su franja superior el color azul y en su franja inferior el color verde. Justo en el medio del rectángulo, encontramos una rueda con sus rayos (evocación de la rueda de una carreta o de la rueda del tiempo circular o espiral) concéntricos que emergen y confluyen desde y hacia un centro rojo muy intenso.

“Rom” es la palabra que designa gitano en su propia lengua y literalmente significa hombre-esposo. El femenino es “romi” que significa doncella: es decir mujer virgen, sin contacto con lo masculino todavía. 

Con estas revelaciones y sincronías, es imposible pues no sentir de manera intensa y contundente que lo que está floreciendo en este cuaderno de poemas es ni más ni menos que la versión y la vivencia personal de la poeta, de su propio proceso de transformación, de su mito de Perséfone, de esa mujer que se arraiga a la tierra y a sus ciclos, de luz y de sombra, de esa alquimia cósmica que se repite en la tierra...en la tierra verde.



En la alquimia el color verde es el color que precede a la eclosión, es el estado germinal, precisamente el color de la primavera, en contraposición al color amarillo que se conforma en el ciclo de otoño con la venida de los frutos, o lo que se llamaba en los antiguos rituales celtas, “el reventar de las granadas”, que solo puede suceder al tiempo de conjunción entre la luz y la sombra.

En una de esas charlas que me vincularon con la poeta-gitana, estaba a su vez el germen de esas revelaciones que hoy ella replica en sus poemas. Allí decía que: La primavera es el encuentro de la luz y la sombra. Estos rituales, sin lugar a dudas, además de estar ligados a los ritos herméticos, están ligados a los primeros ritos mistéricos en honor al eterno femenino que nace, vive, muere y regresa nuevamente a la vida, a los misterios de la Diosa Madre y que más tarde recorrerían los caminos sagrados de Eleusis en honor a las Diosas Demeter y Perséfone. Era nuevamente el conocimiento y el entendimiento sagrado de la vida a través de la danza, esta vez de todo el cuerpo. La danzarina Sonia Sanoja habla de la danza como elemento que provoca la unión total y extática en el hombre de la siguiente manera: La danza pasa por el cuerpo. Su primera instancia es el cuerpo. Hay que desnudar el cuerpo, desnudar el centro radioso. Entonces el cuerpo aparece como una figura exterior que uno puede situar a voluntad. Uno se distancia de sí mismo. Acaso el problema de la danza sea el problema de la física de cómo transformar la materia en luz, sentirse respirando: oleadas de tiempo. Un tiempo volviéndose visible: una danza

Demeter es el símbolo de lo femenino en la divinidad, la Diosa Madre, la fertilidad, los eternos recomienzos, el ciclo de la vida-muerte-resurrección. En definitiva el eterno renacer y sobre todo el progresivo proceso de espiritualización de la forma y la materia. Sin embargo, también simboliza la validez de esa materia como tal, su sentido y su razón, siendo además la madre nutriente, la que enseña el trigo y la semilla, la que contiene todas las facetas visibles e invisibles de la naturaleza… y sobre todo el pan que alimenta al cuerpo. Su hija Perséfone es una advocación de sí misma en una de las tres facetas de la Diosa… es ella desdoblada, aún virgen, en estado de eclosión, de potencia…la rechazada, la que debe bajar a los infiernos para confirmarse a sí misma, para buscar la verdad frente a sí misma. A través de los ritos mistéricos de Eleusis se recordará este paso, este drama y el sentido de la tragedia humana en todo su recorrido, desde lo más hondo y oscuro hasta su conciencia final.

El encuentro cíclico entra madre-hija, expresa el momento de la unión de la conformación del sí mismo, de la integración en un solo evento de todos los aspectos de la existencia. Esta Diosa Madre no representa simplemente a la tierra como elemento cosmogónico. Ella simboliza a la tierra cultivada, labrada, a la portadora de la semilla en todo su recorrido hasta la mano del hombre. Llama la atención que esta vez es el aspecto femenino quien debe bajar a los infiernos para ver, para entender e integrar la verdad frente a sí misma. Ambas caras de la Diosa actúan juntas para expresar el sentido verídico de la vida tanto corporal como espiritual. La sublimación-espiritualización del deseo terrestre. Ella no es la luz, sino la que muestra, la que ilumina. Sin embargo también es la portadora del misterio, del secreto… “dichoso aquel que posee entre los hombres de la tierra, la visión de estos misterios”

Esa bajada a los infiernos para encontrar la luz, si la amplificamos en términos psíquicos a través del proceso tan especialísimo de la “individuación” o la integración de la psique femenina, tiene y contiene ese doble paso, esa aparente dualidad, la mujer doble, su anverso y su reverso.

Agujero negro

Narrar lo vivido en lo obscuro
Turba, estremece
¿Cómo tratar con el campo energético
De un agujero negro?...
Si titubeas, ¡te traga!

En el borde
El tiempo se hizo cuarenta túneles
Asfixiantes, olor a soledad extrema
Nada irradia
Me encojo, encorvo, sudo
Me arrastro como gusano recién nacido.

Eros como principio
Empuja a salir, obliga
Grito cual sayona
Con traje largo

Un amanecer vislumbro
Partículas de luz ambarinas
Me animo
Cambia el grito
Canto con el gallo.

Emerjo como serpiente
Después de haber cambiado
De piel.

Llama la atención en esta gitana, que haciendo honor al significado de su nombre (doncella virgen), establezca su vínculo primaveral partiendo del arquetipo de la doncella, de la virgen, de su pasión Mariana en contraposición con su reverso en Eva, la madre de todos los hombres. La polaridad y la dualidad en este caso marca la ruta de la conciliación, o más bien diría de la re-conciliación de los elementos anímicos en la mujer. En el caso de nuestra gitana, ella nos habla permanentemente de la unión entre cuerpo y alma, entre la mente y la corporalidad. Entre la emoción de las sombras y la luz del sol (metáfora alquímica de ese león verde que se traga al sol). Expresado en términos alquímicos, lo verde que se traga el azul del cielo, moliéndolo en la rueda intensamente roja. Y es aquí donde lo dual se hacer trinitario. Los tres estados de la transformación



En amor rojo tinto

Leona amamanta vigilante
Mujer busca hondo 
En su ombligo
Espera ser amada
En espiral sin fin.

Alma, sexo, mito
Mujer, hembra, diosa
Feminidad trina
¡Naturaleza!

El volcán dice:
Presente.         

Este drama ella lo nomina, dándole nombres al anverso y al reverso. Amalia y Ailama ejecutan el recorrido en una sucesión apasionada en forma de espiral, inquieren, reclaman, elevan, recogen, incluso gimen. Contemplar, aunque sea a través de la lectura el proceso de transmutación de lo femenino, como lector hombre, me constituye esta vivencia que se parece a la contemplación del mar en el corazón de la noche, observar en una sola visión la eclosión de la Pankalía o la belleza del mundo en su conjunto, una lluvia estelar en medio de una tormenta eléctrica, un volcán en erupción o el estallar de los fuegos aurorales.

La exquisita analista Junguiana Ana Teillard, cuando nos hablaba de la polaridad en el ser humano, (luz y sombra, masculino-femenino, cuerpo y alma, bien y mal) y el proceso de integración, nos decía que "La individuación que es lo contrario de un "individualismo" egoísta, comporta una reconciliación de las polaridades "masculina-femenina" así que de las polaridades "consciente-inconsciente". Para comprender esto, es preciso explicar un punto de vista central de la psicología Junguiana: aquel de "Anima-Animus. Un ser humano no es solamente hombre o mujer, sino que lleva en él los dos sexos. La mujer posee elementos masculinos, que condicionan en parte su psiquismo y su carácter, pero que son dados en un estado más inconsciente que sus componentes esencialmente femeninos. Su espíritu batallador, ver porfiador, su ambición, su lógica, a menudo deficiente, pueden evolucionar por una toma de consciencia y ser integrada en la totalidad de su psiquismo.”

Feminidad trinitaria

¡Naturaleza!
Mujer, hembra, diosa
Tierra negra, raíces
De un pozo
De flores rojas.

Luna en sonrisa creciente
Gacela en celo
Nube, agua suspendida
Congelada, plateaba las alturas.

Rosa gestándose en tubo de aristas
Verdes
Guayaba por morder
Con habitantes adentro
Cápsula espacial, saeta
Abeja viaja en ondas cósmicas
Liba estrellas
Venus predilecta.

Volcán extenuado 
Bosteza
Buscando vaciar 
Excesos.

Uva transformada
En vino
Para embriagarse

En una conversación con la también analista junguiana y poeta Ana María Hurtado (otra extraordinaria Ana) sobre lo dual femenino, la doncella, el rapto y su advenimiento en esa “feminidad trinitaria”, decía que: La visión entonces nos lleva a la revelación de que no hay dos instancias de lo femenino actuantes en este proceso. En realidad hay tres instancias: la mujer doble que se integra en una sola y una tercera que permanece inalterable para que este paso de integración se logre. Esta tercera mujer, nunca se integra, pues ella es la que actúa en la integración desde lo invisible del proceso…desde la sombra… para lograr el sí- misma, y así estar preparada y consciente para su encuentro con lo masculino fecundador, con lo que sucederá después de la “boda”

No se trata pues aquí de un proceso de integración en donde actúe solo lo puramente femenino, sino de una abarcante y total plenitud que se conforma en ese punto exacto que se parece tanto a la primavera. Punto donde convergen el cielo y la tierra, lo divino y lo humano, lo femenino y lo masculino, la hipóstasis de la creación, que tan conmovedoramente narran los evangelios en el misterio de la encarnación: el ángel del señor penetrando los espacios virginales de lo continente en una especie de rapto sagrado que la gitana-poeta replica de esta manera:

Anunciación

Escribe en su diario:
Se conocieron en tiempo flamante
Anuncio de floración
Cuerpo excitado, tenso, erecto, el de él 
Labios lacrados, un sello 
En el botón.

Una década de ausencia
¡Encuentro!
Ojos de mujer alumbrados
Con luz verde de semáforo.

Labios humedecidos 
Con premeditación
Boca, bombón.

Un beso rosa abierta
Se atraganta en el latir
Baila en saliva
Desborda el cauce.

Bordes de espuma
Olorosa a granada
Emana por una grieta
En el lacre.
Estalla el sello.

¡Anunciación!

Para cerrar estos sentires, creo firmemente al igual que  Clarissa Pinkola, que, en todas las mujeres, hay una gitana antigua y salvaje que llora de angustia cuando es reprimida. Hay una parte de ellas que nunca, nunca será feliz hasta que la gitana pueda bailar, y esa danza solo se puede dar con la entrega, con el asumir lo masculino fecundante que ella misma porta, con entender la relación cóncavo-convexo, con soñar en ser ola, con desear, para llegar el momento del encuentro en esa orilla arquetípica y milenaria donde la espera El, para susurrarle en el oído que valió la pena danzar.

La danza de Ailama

Ailama, sueña, desea, imagina
Introducirse en un círculo de oro, ondulado con EL

Danzar, girar, derecha, izquierda
Abrazados, fundidos
Pieles calientes, olores confundidos
Conversación en susurros, oído tibio
Vibración al unísono
Extenuados al final
Yacer desnudos, muy juntos
En un prado brillante
Con rocío suspendido
¡No hay frío!

Excitarse poco a poco                     
Con humedad de hierba
Las yemas de los dedos
Llenas de huellas concéntricas
Indistintas.

En los labios, besos, gemidos, música
Ella contiene en sí, habla
De todos los sueños en capullo
Del alma.

Ailama se entrega
Hasta perder el sentido
En el clímax de esa explosión orgásmica
De volcanes estimulados
En el núcleo de su esencia
Absoluto más íntimo
Como saeta del Centauro Sagitario
Como cohete espacial
Viajar por el espacio sideral
El tiempo inmemorial
Hasta llegar donde el amor
Se encuentra con DIOS.

Convicción  de Ailama
¡Valió la pena danzar!





Edgar Vidaurre.